El derecho a Pensar de las personas con discapacidad intelectual

Fátima Álvarez

Profesora de la Escuela de Pensamiento Libre[i]

 

Que todos somos diferentes es evidente. Que todos somos iguales, no tanto. A pesar de nuestra diversidad necesitamos sentirnos igualmente tratados e incluidos. Cuando esto no sucede hablamos de “discriminación” y del dolor que acarrea a quienes la sufren. Como seres sociales buscamos sentirnos parte de nuestro mundo: de nuestra familia, de nuestra escuela, de nuestro trabajo, de nuestra comunidad….A todos se nos viene a la cabeza colectivos que han luchado y luchan diariamente por la igualdad: las mujeres, los negros, el colectivo LGBTI… Y entre ellos las personas con discapacidad. Y, concretamente, las personas con discapacidad intelectual. ¿Qué ocurre con ellas?

Las personas con discapacidad intelectual han estado históricamente silenciadas. ¡Bueno, como el resto de colectivos! Sí, pero con el agravante de que no se les reconoce una función vital del ser humano: la capacidad de pensar. Son tontos, no piensan (ni van a pensar), por lo tanto no tienen nada que decir ni que aportar y lo que le corresponde a una sociedad civilizada y comprometida es velar por su cuidado. Así se ha actuado durante años en lo que se conoce como el “modelo médico”, que ganó notoriedad en la década de los 60: la discapacidad intelectual como una enfermedad a la que hay que atender con medidas rehabilitadoras y compensatorias. Este modelo ya suponía un avance en el doloroso recorrido histórico que fue conduciendo de la antigua antipatía que recluía a los discapacitados, bautizados como “idiotas”, a posturas más empáticas que han llevado a la concesión de derechos y a la preocupación por su bienestar.

Afortunadamente ahora estamos un paso más allá, en el “modelo social”, que da más peso a las capacidades que a las limitaciones. Este modelo entiende que la discapacidad no es algo intrínseco a la persona sino que se produce en su interacción con un entorno inadecuado.  El entorno tiene pues que adecuarse en cuanto a actitudes y prácticas. Ya no se trata solo de igualdad, sino de equidad. Se necesita un entorno que, aceptando que todos somos diferentes y diversos, nos ofrezca a cada uno un camino flexible para garantizar la igualdad en nuestro funcionamiento social. Y en esa ruta de vida, además de los derechos ratificados (como la Convención Internacional de Naciones Unidas sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad), de las leyes que habrían de recogerlos, prima el derecho de toda persona a pensar por sí misma y a llevar -en la medida de lo posible y con los apoyos necesarios- las riendas de su propia vida.

Es cierto que una persona con discapacidad intelectual tiene una limitación de la función de la inteligencia. El criterio del Coeficiente Intelectual (CI) demasiado nos ha clasificado. Pero también es cierto que somos mucho más que esa medida. Una persona con discapacidad intelectual es un ser que piensa, dotado de valores morales y emociones complejas. Para descubrirlo solo hacen falta dos condiciones: favorecer que recuperen su voz y cultivar nuestra escucha.

A ello se dedica la Escuela de Pensamiento Libre, una experiencia pionera en educación no formal que traslada el proyecto pedagógico de Filosofía para Niños (FpN) a este ámbito de exclusión social y cognitiva: el de las personas adultas con discapacidad intelectual. Al entender el pensamiento como una función vital (no exclusiva de algunos) que nos permite dudar, hacernos preguntas, equivocarnos…y al trabajar con un modelo pedagógico flexible y participativo como el de Filosofía para Niños, podemos avanzar -con los apoyos necesarios- en ser libres y responsables, en crear nuestro proyecto de vida, en desenvolvernos y participar en la sociedad en que la que nos ha tocado vivir.

Conseguimos caminar hacia el empoderamiento, la autodeterminación, en la medida en que ofrecemos las condiciones, el entorno adecuado para que aquellos que han estado históricamente silenciados se atrevan a expresar sus pensamientos, a argumentar sus opiniones,  mientras se entrenan en el arte del diálogo, a través de la palabra y la escucha,  construyendo el aprendizaje entre todos, en comunidad.

En nuestra escuela todos somos personas adultas. No hay mayores de edad tratados como eternos niños. Los alumnos son personas con y sin discapacidad intelectual. Juntos, diversos, cada uno con sus capacidades y sus limitaciones. Y en el claustro de profesores también somos personas con y sin;  como tú, como yo, como ella….Todos distintos,  desiguales…trabajando juntos por la igualdad. Aquí no hay listos ni tontos, hay personas. Ni más ni menos. No retamos al Coeficiente Intelectual intentando asimilar contenidos, tarea en la que las personas con discapacidad intelectual arrastran una historia de fracaso. Aquí lo que hacemos es algo tan humano como Pensar. Pensar juntos, con una metodología como es la de Filosofía para Niños que nos lo posibilita porque es dialógica y participativa,  fomenta el respeto y la escucha y nos motiva a cuestionarnos el mundo para encontrarle sentido. Así ejercemos de filósofos, de maestros socráticos, mientras que en un clima de confianza descubrimos que tenemos voz, que poseemos  ideas valiosas dignas de tener en cuenta.

La Escuela de Pensamiento Libre fomenta, siguiendo la pedagogía de Filosofía para Niños, el pensamiento multidimensional: crítico, creativo y ético. Y lo hace de forma que las personas con discapacidad intelectual no solo sean alumnos, sino que también sean profesores que dinamizan sesiones para sus compañeros porque entendemos que la inclusión es precisamente que en el funcionamiento social haya realmente igualdad, que los roles no estén acotados sino que se abran a la diversidad. Y funciona, claro que funciona. Y el modelo sería extrapolable a niños. Pero hay que ir más allá de los muros de la escuela para que funcione en la sociedad.

Nuestra escuela es un pequeño paso, un trabajo artesano con gran potencial que cree firmemente en el poder de la educación para que todos seamos ciudadanos de primera y en la fuerza de toda persona cuando se sabe generadora de ideas que pueden contribuir a un mundo mejor. Las personas con discapacidad intelectual tienen derecho a pensar por sí mismas y sin duda lo hacen cuando se les facilita  el entorno adecuado (incluso los adultos que han carecido antes de esta oportunidad). Aún mejor sería fomentar estos entornos y estas actitudes desde la infancia, perder el miedo a nuestras diferencias, descubrir que juntos sumamos, que la diversidad enriquece, que ser distintos no es ser ni mejores ni peores, que todos tenemos algo que aportar. Las personas con discapacidad intelectual se atreven a pensar. ¡Atrevámonos a escucharlas! Ni más ni menos.

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